miércoles, junio 19, 2013

Del muro Nancy Cornejo (presa política del 10 junio)


Que no le digan, que no le cuenten:

10 de Junio de 2013

La última vez que recuerdo haber sido una alumna destacada fue en el CCH, en mis clases de Historia y quizás algún chispazo ya en la licenciatura, en mis clases de redacción y las de Creación Literaria, en las que mantuve cierta constancia. Perdí mi beca en séptimo semestre porque reprobé dos materias y mi tesis es un punto borroso entre la decepción y la cobardía.

Participé en el equipo de atletismo de mi secundaria durante un año, practiqué tae-kwon-do seis meses hasta que una fractura me escarmentó de las patadas con giro gancho, tomé clases de guitarra casi un año y medio con dos profesores distintos, de canto, un par de meses, de skateboard lo suficiente para aprender a subirme –jamás aprendí a frenar sin ocupar las rodillas-, de costura, durante la infancia con una abuela estricta y poco me faltó para enlistarme en la brigada con aroma a naftalina del macramé. Escribí textos que me permitieron codearme con poetas y embarrarme un poco del nombre durante una sórdida etapa de conatos suicidas y relaciones enfermizas que, por suerte, no duró más de dos años. Esa es mi vida, grosso modo.

Éstos y otros más oscuros pensamientos ocuparon mi mente durante los días que permanecí bajo la custodia del Estado. Me habían separado de los cuatro compañeros con los que me detuvieron y, tras hacerme guardar en una bolsa de plástico mis agujetas, mi sostén, mi celular y un par de bolígrafos, me encerraron en una celda de aproximadamente tres por tres junto con Eréndira Allier, de CCH Sur y Gabriela Hernández, una señora dedicada al trabajo doméstico de entrada por salida a la que una patrulla arrastró varios metros hasta que se detuvo para subirla bien, ¡vaya forma de respetar nuestro derecho a la presunción de inocencia!

A ellas las habían detenido cerca del Zócalo capitalino y a mí cerca de metro Pino Suárez, pero eso no importaba, según las declaraciones firmadas por los policías auxiliares que nos presentaron (que no fueron los mismos que nos detuvieron), todos habíamos sido detenidos tras ser “identificados plenamente”, algunos en la calle 5 de mayo, otros a la altura de Bellas Artes. A todos nos habían escuchado gritándoles lisuras, a todos nos vieron con piedras y palos en las manos, a los veintidós nos reconocían “sin temor a equivocarse”. “Pinche puerca ignorante”, dijo en su declaración la policía F. Domínguez, del sector 52, que le grité desde el interior del contingente, por lo cual a mis cargos se sumaba el de haber agredido a la autoridad.

La primera noche fuimos sometidos a repetir decenas de veces nuestros nombres, edades y ocupaciones. Temí olvidar mi nombre cuando comencé a mezclar apellidos y a vacilar para firmar, las manos aún me temblaban y la firme patada en la pantorrilla izquierda comenzaba a cobrar factura. Con todo, era yo de las menos golpeadas. Raúl sangraba por la nariz de forma incontrolable y su playera azul parecía rota por las oscuras y enormes manchas que dejaba su sangre. Eréndira no dejaba de sujetarse las costillas, allá donde había sido golpeada por decenas de granaderos que la sometieron confundiéndola con un varón debido a la holgada sudadera negra que vestía. Sergio Moissen y Jesús Pegueros tenían el mismo corte debajo del ojo, producto yo no sé si del impacto de un escudo o de un casco, los videos sólo permiten observar una marabunta de piernas acorazadas que molían los cuerpos en el piso.

Íbamos por la banqueta sobre 20 de noviembre. Casi llegábamos a Regina y la idea de las fondas que atiborran la calle, el cansancio de la marcha, la charla con amigos, nos impidió notar el operativo que se desplegaba a nuestro alrededor. Eran casi las 19:15 cuando la voz de Sergio alertó “¡chicos, nos van a aplicar el protocolo!”. Algunos seguimos caminando, pero ya sin rumbo, con la cabeza llena únicamente de la imagen borrosa que brincaba jardineras y nos cerraba el paso. “Tranquilos, no estamos haciendo nada”- dijo Moissen y se puso al frente para intentar hablar con uno de los granaderos “¿Qué pasa?, somos estudiantes y venimos caminando”, explicó con ese tono de profesor que ha tenido desde que lo conozco, cuando él cursaba la maestría. Lo siguiente que supe es que estaba en el suelo y que corrimos a intentar levantarlo. Un granadero me rechazó con su escudo y con la mano izquierda cruzó mi rostro, enviándome a los pies de un sorprendido empleado de un 7Eleven. Pegueros me cubrió de una nueva embestida y fue arrastrado a la calle. Un video muestra a una chica histérica que avanza y se inclina sobre él extendiendo los brazos, apenas si me reconozco caminando como si estuviera de compras, entre gritos, escudos, palos y banderas. Un granadero me tomó de la mochila y me entregó a otro diciéndole “súbela, ya súbela”.

En la camioneta, de esas que yo conozco como “perreras”, ya estaban Alejandro Osorio, Moissen y Pegueros, quien me hizo espacio al fondo, lejos de la puerta y de los granaderos que en esos momentos intentaban someter a Gonzalo. Sangraba y tenía la camisa desabotonada, pero sus ojos recorrían mi rostro y mi cuerpo en busca de alguna herida. Sergio comenzó a llamar por celular y un policía lo golpeó, al tiempo que le decía “¡deja ese teléfono!”. Alex quiso recoger el celular que había caído por el golpe y el mismo policía arremetió contra él con su casco. Alex le pidió calma, le dijo “somos estudiantes, carnal, tranquilo” y recibió como respuesta “para mí son perros”.
Así las cosas. Tras subir a Gonzalo, la camioneta de número P-6428 arrancó y comenzó a meterse entre las calles del centro. Nos encontrábamos formalmente en el limbo del traslado a algún lugar incierto.

Nos pasearon por calles del centro durante poco más de una hora. Las llamadas que entraban y salían de nuestros celulares cambiaban de tono según fuera el caso. El compañero Bruno supo del incidente y le dio cobertura al grupo, publicando en redes las calles por las que nos llevaban y que alcanzábamos a identificar. Mi hermana me llamó (19:49 pm) para preguntarme dónde estaba y se permitió una pequeña crisis nerviosa en cuanto le dije lo que ocurría. Ella había alcanzado a refugiarse en una perfumería antes de que los empleados bajaran las cortinas y no supo de mí sino hasta aquél momento. Me colgó para después volver a llamar, mucho más serena y me dijo las últimas palabras de alivio que escuché hasta antes de la liberación “no te preocupes, te voy a sacar”. Sentí en su voz el tono fuerte y decidido que tantas y tantas veces me confortó durante mi infancia y supe, como aquellas veces de tiovivos y masetas rotas, que todo estaría bien.

Cuando recuperé la calma, estábamos rumbo a Garibaldi. Ninguno de los granaderos nos decía a dónde nos llevaban, ni parecía dar indicios de querer decirnos por qué nos habían detenido y mucho menos quién había ordenado el operativo. La mamá de Alex me llamó (20:35 pm) para informarme que a su hijo lo habían detenido… la llamada se cortó de inmediato en cuanto le solté un “sí, ya sé, yo voy con él en la patrulla”. La camioneta se detuvo y a nuestro alrededor sólo veíamos bodegas y locales de cortinas sucias y aspecto abandonado. A través de la lona que cubría la estructura metálica de la camioneta, pudimos ver una enorme serpiente gris pintada sobre un muro y cerca de ahí, una calle con el nombre de República de Paraguay.

Los granaderos descendieron y fuimos entregados a policías uniformados de un azul más fuerte, con bordados dorados, ya sin casco ni escudos, quienes nos ordenaron bajar de la camioneta para subirnos a otra blanca, descubierta y sin rotular. “¿Qué hicieron?” nos preguntaban, “¿Te pegaron, mija? ¡Qué cabrones!”, decían. Esta vez supimos ya que nos llevaban al MP 50, pero no sabían de qué se nos acusaba. El ambiente estuvo mucho más tranquilo, con un solo custodio y con el viento refrescándonos el rostro. Cerca de Allende comenzamos a reconocer aquellas parroquias para devotos mayores de edad y con el afán de disminuir la tensión, los más jóvenes pidieron la bajada.

Cuando llegamos al MP 50 ya había algunas personas con cámaras y micrófonos, ante las que Sergio comenzó la denuncia: “mi nombre es Sergio Abraham Méndez Moissen, académico de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, doctorante del Colegio de Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y Letras, fui detenido junto con mis compañeros de forma ilegal, mientras caminábamos rumbo al metro, fuimos golpeados y traídos aquí sin que se nos explicara por qué”. Andrés Aullet, un abogado de la Liga de Abogados 1 de Diciembre ya estaba en el lugar, pero los uniformados encargados de la seguridad del MP no le permitieron acercársenos, “es un lugar público” argumentó el abogado, pese a lo cual fue retirado a empujones. Pocos minutos después nos hicieron salir de nuevo y rodear las instalaciones del MP para entrar por el estacionamiento. Nos turnamos para ayudar a caminar a Gonzalo, quien no podía apoyar el pie derecho como producto de los golpes recibidos en 20 de noviembre.

Una vez ahí, comenzaron a tomarnos nuestros datos, una y otra vez, nombre, edad, ocupación. Nombre, edad, ocupación. Nombre, edad, ocupación. En el fondo del estacionamiento estaban aproximadamente otras seis personas y, tras nuestra llegada, arribaron más. Todos estaban golpeados, algunos sangraban o no podían caminar con normalidad. Tras catearnos, nos tomaron fotografías y nos ordenaron subir a lo que sería la parte trasera de la recepción del MP. Era un espacio como de cinco por siete, con unas nueve sillas, insuficiente para soportar el sensible aumento de detenidos.

Buscando no separarnos mucho, permanecimos formados uno tras otro y nos recorríamos conforme llegaban más personas. Al final éramos cerca de treinta gentes entre heridos, personal con libretas tomando los endemoniados mismos datos y policías. Eran ya casi las 21:00 horas cuando nos ordenaron apagar los teléfonos y arribó un grupo de uniformados, el cual comenzó a repartirse entre los detenidos. A las chicas nos separaron unos pasos y nos asignaron policías mujeres, mientras que a los chicos les colocaron a un lado lo que conoceríamos durante toda la estancia como su “chambelán”. Después sabríamos que esos mismos policías que acabábamos de conocer serían quienes en su declaración nos acusarían de haberlos agredido física, verbal y, por la ambigüedad del delito de ataques a la paz pública y el de ultrajes a la autoridad, hasta psicológicamente.
Nos formaron de nuevo y nos quitaron cinturones, pearcings, agujetas, listones de cabello, cordones de sudaderas, aretes y todo con lo que pudiéramos realizar un atentado homicida o una fuga delirante. Comenzaron a registrar nuestras pertenencias en hojas blancas y al terminar, nos formaron de nuevo para pasar al médico, que no era más que un caballero de bata blanca que no estaba autorizado a administrar ni una aspirina. Se limitaba a abrir un expediente, a pedirte, como todos ahí, el nombre, la edad y la ocupación y a llenar formularios en los que te preguntaba si estabas herido y de ser así, cómo te habías hecho daño. Lo que no decía era que lo que le contestaras podía ser considerado para la declaración, no decía que todo estaba yendo no sólo a tu expediente médico, sino al del proceso penal. Decir que iríamos a ver al médico nunca fue más literal.

Luego, papeleo. A todos nos dieron botellas con agua, un sándwich, una barra de amaranto, una fruta y nuestros chambelanes nos regalaron a mí y a mis compañeros un par de latas de refresco y una barra integral sabor a fresa. Los policías parecían aburridos, resignados, mi chambelán me contó que hacía un par de días había tenido que permanecer en el MP toda la noche debido a lo ocurrido en Tepito y que ahora tendría que faltar de nuevo a su casa. Llamó a su madre delante de mí “no voy a llegar… sí, otra vez… Por lo de la marcha del Poli, sí… con cuidado”. Me miraba con lástima y me preguntaba dónde estudiaba “se ve que todos ustedes son niños bien, para qué se meten en estas cosas, ¿ya ves? te hubieras ido a tu casa”.

Comenzamos a acomodarnos en el suelo y hubo incluso quien comenzó a cabecear. Nos anunciaron que podríamos hacer una llamada a teléfono local, pero que tendríamos que dejar especificado el número, el nombre y el vínculo que teníamos con la persona a la que llamáramos. Hubo quien no pudo llamar porque sólo tenía un número celular, el resto, pasamos uno por uno. Ya era más de media noche.

Derechos Humanos hizo su aparición y, para variar, comenzó a registrarnos con el nombre, la edad y la ocupación. Recelosos de todo cuanto viniera de las instituciones, permanecimos en nuestros trece: queríamos ver a nuestro abogado, queríamos saber de qué se nos acusaba, queríamos saber quién ordenó la detención y autorizó los golpes.

Una mujer llegó de parte del Juzgado Décimo de Distrito de Amparo en Materia Penal para preguntarnos si conocíamos a la persona que había interpuesto un amparo a nuestro favor, misma que alegaba –según nos explicó- que nos estaban torturando y que nos tenían incomunicados. Al principio no supimos qué hacer ni qué decir. “Tortura” sonaba muy escandaloso y la mujer quería que explícitamente por eso dijéramos que no y que por lo tanto, reusáramos el amparo. Una chica de Derechos Humanos nos explicó que el amparo no era sólo por lo que había dicho la ayudante del juzgado, si no que era por la incomunicación, por la detención ilegal y por la ejecución de la misma. Pedimos hablar con nuestro abogado y ya con la presión tanto de la ayudante del juzgado como de la de DH, el encargado nos permitió llamar por celular. Así supimos que la Liga de Abogados 1 de diciembre ya estaba en pleno a cargo de nuestra defensa, que el amparo era para evitar el traslado y demandando que el MP presentara en primer lugar los cargos por los que se nos había detenido y, posteriormente, las pruebas que le permitieran mantenernos ahí. Casi todos firmaron, con excepción de los compañeros de Frente Oriente, quienes dijeron no conocer a quien había interpuesto el amparo y, ya más en corto, diciéndonos que la ANAD asumiría su defensa.

Nuestras mochilas les fueron entregadas a los conocidos y familiares que ya habían comenzado a arribar al MP. Era ese el preámbulo para bajarnos a galeras. Por la recepción se escuchaban gritos y supe por algún murmullo que ya había salido la primera concentración demandando la libertad de todxs lxs detenidxs.
Uno tras otro descendimos por unas escaleras y pude hacer mi hipótesis personal de porqué le llaman “bunker” a aquel lugar. Un largo pasillo con decenas de celdas se presentaba ante nosotros y tuve la terrible premonición de dónde pasaría esa noche. El suelo tenía charcos de lo que parecía ser agua y había envolturas de comida y tetra pack por doquier. Tuve miedo, para qué negarlo, cuando vi a cerca de setenta hombres acostados en el fondo del pasillo, mirándonos expectantes. “Eres mujer, la tortura es distinta”, me había dicho mi compañero en la patrulla y supe en ese momento a qué se refería.

Conocer tus derechos no sirve de nada si no hay quien los respete. Así funciona el pacto de la legalidad y de la aplicación de la justicia burguesa. Nos tomaron la famosa foto de frente y de perfil, con una hoja rotulada ya con los cargos. No era el mismo para todos. Cuando me llenaron de tinta los dedos supe que así, sin siquiera haber sido notificada formalmente de mi detención, estaba siendo fichada. Unos por robo, otros por disturbios, otros por daño en propiedad ajena, todos los presentes fuimos obligados tácitamente a asumir la culpa. Una policía de investigación, de aspecto duro y cabello lacio, nos condujo a las mujeres casi al final del pasillo. Los hombres del suelo siguieron con la mirada nuestro recorrido, todos eran jóvenes, de entre veinte y treinta años. Abrió una celda y se hizo a un lado. Este fue para mí uno de los más duros golpes que recibí aquellos días: entrar por mi propio pie a la jaula.

Corrió el seguro y puso un candado a nuestra puerta. Por la madrugada, cuando la sensación de ser observada me sacó de mi letargo y descubrí a un par de sujetos de pie, mirándonos a través de los cristales, agradecí ese candado y esos muros. Ese es el terrible juego del miedo. Descubrí que no basta con saberse inocente, porque te pudres. Si te la vives pensando en lo injusto de la situación, te frustras, te entregas. Para mí fue necesario llenarme de rabia. Las cosas son como son y no cambiarán si todos nos metemos a defensores de derechos humanos o si todos estudiamos leyes. Me pasó a mí como le pasa a cientos en México y en el mundo. El problema no es la ley, no es la reforma, no es la concesión de la Asamblea Legislativa en tiempos de elecciones. El problema es sistémico, económico, político, social y se resuelve con la fuerte alianza de los millones de desposeídos que le plante cara al autoritarismo y se haga cargo de su propio futuro.

De los hombres no supimos nada sino hasta el martes por la mañana, cuando al grito de “queremos comer, queremos comer” nos anunciaban, además de que estaban aún en el bunker, que conservaban su espíritu y el hambre, dos buenas noticias. Los cerca de setenta hombres que atiborraban los pasillos, fueron liberados en su totalidad. A todos los soltaron. Supe después que habían sido detenidos por un desalojo, pero que por desconocidas razones no enfrentaron proceso alguno. El capitalismo en el Gobierno, incapaz de proveer de vivienda a la población, orilla a grupos vulnerables a convertirse en delincuentes, los castiga y los confronta unos contra otros. Así la perversidad de su dinámica, por eso no nos sirve ni nos servirá nunca.

Continúa…

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