viernes, abril 17, 2009

El mosquete de mi tioabuelo

Ahí les va otro cuento, espero les guste y si no ps se ching... jaja no, no es cierto, pero en verdad espero que les guste, un saludote, ciao
El mosquete de mi tíoabuelo

Siempre fue difícil la vida en aquella región. Era un pequeño pueblo perdido muy cerca de donde nace, todas las mañanas el rey, y un poco más lejos de donde suele morir cada tarde después del crepúsculo. Recuerdo que ahí el sol solía abrazar a la provincia con un dulce, cariñoso y estrecho abrazo infernal, la tierra de color oro opaco siempre estaba sedienta y era tan avara que nunca invito a ´planta alguna a posarse sobre su lomo –o por lo menos nunca me llegue a enterar− incluso el aire sufría de una tremenda sed seca, que era notoria cada vez que soplaba. Teniendo aún todas esas dificultades, junto con uno que otro problemilla y una casa de adobe y lodo –similar a las de las demás familias, claro, con excepción la lujosa y fresca finca del capataz que se hallaba a orillas de la terrería− a mi madre, quien era una persona curiosamente extraña, de hábitos y costumbres poco comunes, excéntrica, supersticiosa, y todo sinónimo que entre en el género, nunca fue capas de imaginar que era posible salir de ese paraje, en cambio, como le encantaba estrenar casa –eso sí, eternamente dentro de los dominios del patrón− Mi familia siempre se estaba mudando. Al menos, desde que tengo memoria. No obstante, quiero aclarar que las mudanzas no se debían a desalojos por falta de pago, sino a otros motivos, quizás más absurdos pero menos vergonzantes. Confieso que para mí ese renovado trajín de abrir y cerrar cajones, baúles, grandes cajas, maletas, significaban una diversión. Todo volvía a acomodarse en los armarios, en los estantes, en los placards, en las gavetas, aunque buena parte de las cosas permanecían en cofres y baúles. La nueva casa adquiría en pocos días el aspecto de morada casi definitiva… una morada casi tan hogareña como la de la casa en la que naci, que lamentablemente no recuerdo –ya que mi primera mudanza fue justamente un par de horas después de que mi madre me pariera−, pero que obviamente era así, dulce y hogareña, o al menos eso me gusta pensar. Lo único que recuerdo de ese domicilio es que estaba en la misma región que todas las casas posteriores a mi nacimiento. Nacimiento ocurrido una madrugada de invierno, en un jueves de diciembre, en cierto año, en cierta hora, con ciertos minutos, junto un montón de guacales llenos de baratijas, maletas con ropas viejas, cajas de cartón con quién sabe qué y un cofre que me heredo mi tíoabuelo en su testamento, escrito inmediatamente terminada la sangrienta represión de “Tierraseca” en la cual fue Capitán de pelotón y dónde fue herido de muerte por algún chaman, minutos después de haber triunfado sobre el pueblo que se alzaba, casi a medio morir en armas (si se le puede llamar así a cuchillos de cocina y tenedores) tubo la grandiosa y oportuna idea de escribir su testamento, falleciendo inmediatamente concluida la frase lúgubre de su ultima voluntad: “… y a mi nieto aún no nacido, pero bien aventurado, heroico y memorable por venir, dadle mi cofre donde será escondida y aprisionada mi patética alma maldecida.”
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Siendo de herencia familiar (supongo yo), me hechizaba la vida nómada, disfrutaba con gran placer aquellas gotas de sudor que corrían como gloria por mi frente en aquellos climas dantescos, refrescándome así, del zarandeo de abrir y cerrar, y nuevamente de abrir y cerrar cajones, guacales, cajas, maletas y baúles, pero sobre todo, significaba gran diversión, porque era el único momento en el qué mi inusual y poco común madre me permitía coger el cofre de mi tíoabuelo donde estaba guardado su mosquete de combate, que aún que era mío por derechos legales −si bien, quién sabía en verdad lo que era un notario en esa época− se me tenía prohibidísimo bajo amenaza de cinturón de cuero el siquiera mirarlo... Eso nunca fue impedimento para maravillarme con las viejas y antañas historias que me eran relatadas por el viejo mosquete.
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Con mi niñez y el paso de sus años, el placer por aquellas narraciones de contrabando aumentaba, pasaban de ser los melancólicos recuerdos del mosquete, a ser las vivencias más emocionantes y excitantes de mi ser, incluso llegue a verme en la terrible necesidad de abrir el cofre en mitad de la noche y a escondidas, desesperado por encontrarme en alguna batalla a lado del mosquete, o cabalgando hacía el campo de batalla entre altos cerros y los profundo valles pasando hambres y climas inimaginables, hasta llegar al punto en que esos cuentos fueron tan vitales como el aire que respiraba.
Recuerdo bien que aquel mosquete narraba los combates con cierto brillo en sus palabras, los campos de batalla los describía con una delatadora nostalgia y los fracasos eran horas de gritos y arrebatos de despecho. Nunca supe bien para qué bando peleo, y tampoco él lo intento mencionar, con excepción de una vez en la que accidentalmente estuvo a punto de rebelarlo, pero aquellas palabras se auto reprimieron, pues al parecer, tenían una gran vergüenza de salir. De ahí en fuera pareciera que inteligentemente intentaba evadir el tema.
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Fue una noche, cuando después de varios días y varias horas de impertinencia convencí al viejo capitán de que me contara sobre su gran batalla final que tanto había evadido de narrar, excusándose siempre con que, “que si ya me había mencionado el suceso fantástico e increíble de aquella historia ya contada y que por descuido había olvidado mencionar”. Y aun que la fabula me fuera conocida, siempre logro meterme una y otra vez, en aquellos momentos increíbles y apasionantes, incluso llegue a oler la pólvora, escuchar el relinchar y cabalgar de los caballos, y oír los disparos y cañonazos del pelotón.
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Un viernes de Noviembre, terminada la merienda, el capitán finalizaba de revivir una más de sus hazañas, cuando de pronto el silencio nos invadió. Pasaron varios minutos cuando su voz meditativa quebranto aquel mutismo y me dijo”….ésta noche oz contare lo que tanto ansias oír”, ¿en serio?, respondí, −sí, poned el cofre al pie de tu cama y aguardad en ella hasta que yo oz llame. Dejad el viejo cerrojo abierto y no apresures las cosas… andan ve, que la noche se acaba.
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Esa noche, ninguna vela alumbro al pueblo por lo que durmió en una Era más antigua y rustica, el viento vistió un vestido blanco y camino sin cesar con los pies al ras del suelo y entre pasos lentos por las calles cabeceaba solitario y melancólico. Por otra parte, el capitán no dio señal alguna de vida, inclusive llego el punto en que deje de oír su vieja y cansada respiración llena de polvora, siendo una chuchería más en mi cuarto, que aguardaba en un cofre a medio abrir.
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Por más que luche esa, noche Morfeo logro vencerme posándome bajo su hechizo. Pronto me encontré en un pueblo rodeado de un mar color turquesa junto a un ataúd, que poco a poco y conforme enfocaba la vista, cobraba forma, ahí el viejo mosquete descansaba recostado. Una nube de arena cubrió el ataúd, tornándolo en el viejo cofre que se hallaba en mi cuarto. El mosquete también adquiría una nueva forma, ahora era mi tíoabuelo quien descansaba en el cofre. Se levanto, me tomo del hombro, e inexplicablemente de pronto nos hallamos sentados en la banca de un lujoso y verdoso parque, de donde colgaba un letrero escrito con blancas letras romana cuya grabación decía: Capurro – parque que en años futuros conocería al viajar a la capital, y donde seria asaltado y asesinado− así como el Parque Capurro tenía para nosotros un atractivo singular, la playa contigua, en cambio, era más bien asquerosa. La escasa arena, siempre sucia, llena de desperdicios y envases desechables, era mancillada aún más, ola tras ola, por sus basuras y despojos, provenientes tal vez de las diversas embarcaciones ancladas en la bahía… era el pueblo, momentos antes rodeado por un lustre mar turquesa, y ahora de color negro. –En el cofre se esconde mi alma dijo mi tioabuelo− ahí guardó mi vergonzosa y repugnante sombra. Mis manos en un tiempo fueron de hueso junto, con la de otros asquerosos soldados, generales, capitanes, y de más bárbaros. Todos nos hallamos en la lista de promesas a vengar. El fuego con el que alguna vez mate, ahora me quema las entrañas. No supe distinguir entre vida y raíces. Recuerdo bien, el cielo se pintaba de colores grisáceos, y durante ese amanecer la gente solo pedía pan a las puertas de la catedral y lo único que obtuvieron, fue bañar el vientre de la tierra con sus cadáveres. Todo ardió. Los buitres caminaron por el pueblo durante semanas, pues sus estómagos gloriosos de aquel manjar, no les permitía volar, y aún saciando su gula de muerte y carne putrefacta, centenares de cadáveres quedaron sin engullir. ¿Vez las olas? son sucias porque las mártires animas arrojaron a otros como yo, hacía el mar, para que ahí se pudrieran. De pronto, una inmensa flora rojiza empezó a surgir del sucio y desértico suelo. Aquí la única que gano fue la tierra, logro saciar su ya prolongada sed, con la sangre más dulce, exquisita y pura que pueda haber, la sangre de un hombre de maíz, la sangre de un campesino, susurro mi tío abuelo, ¡líbrame bienaventurado y honorable caballero, romped con mi maldición, y limpiad nuestro apellido hijo mío!, pues será la piedra que con tanto dolor, vergüenza y esfuerzo cargaras por el resto de tu vida.
Y así, sin poder preguntar nada, fui succionado y escupido de vuelta hacía mi habitación.
Esa mañana, un amanecer rosado pintaba toda la llanura, y yo me hallaba en ella cabalgando con un morral, un petate y un experimentado mosquete. De nuevo me mudaba, pero esta vez partía en busca de libertad, libertad para mí y mi raíz.

3 comentarios:

  1. ya leeiste el comic dentro del comic de watchmen?

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  2. nel, por??? el que la otra vez me estabas contando en la reunión??, lo busque pero no lo pude bajar :s

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  3. Me agradó tu relato Kyno, así como los otros que has escrito. Sólo que esa ortografía y redacción... Hay que mejorarla Kyno!
    Pero vas bien, muy bien ;)

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