sábado, marzo 28, 2009

Señor liebre

Espero que éste tambien les guste, jeje y a ver si le entienden
Caminaba hacia mi destino con los ojos vendados cuando de repente tropecé, caí al suelo y me pegué… me quedé un momento recostado pecho tierra con las manos hacia el frente, intentaba verlas, pero aquella mascada no me dejaba, me recosté sobre mi espalda y cerré los ojos, luego nuevamente traté de mirar, ésta vez, hacia el cielo, buscando forma en las esponjosas y algodonosas nubes. Estuve un buen rato pretendiendo hallar aunque fuera una figura, cuando la “frustrosa” memoria me recordó que todavía traía ese pañuelo negro en la cara. Resignado y un poco decepcionado, divagué un rato en el ocio hasta que una voz de cierto acento británico-vulgar me interrumpió de mi productiva pérdida de tiempo, haciéndome reclamos:
− ¡Ehi! Afuereño, ¡quitaos de mi camino, ¿qué no veis que interrumpes mi sueño…?
− ¿Perdón?, respondí al tiempo que me levantaba de aquel suelo arenoso.
−Sí, que no veis que estáis en medio del sendero de los árboles de color “sueño”.
−No, no sé dónde estoy, es que me he perdido, y además traigo una mascada sobre los ojos.
− ¡Vos teníais que ser Mexicano!, exclamo, mientras que con un arrebato frenético me arrancaba la ceguera negra que cómodamente se había instalado en mí.
La intensa luz hizo que tardara unos minutos en poder enfocar la mirada, pero en cuanto lo hice, grande fue mi sorpresa al ver mi ubicación, me descubría en un campo desértico, dónde en lugar de arena había diminutos granos de maíz, sobre aquel arenal crecían grandes y fornidos árboles formando el trazo de un camino que se perdía a la lejanía. Miré por mis alrededores y lo único que lograba encontrar era más y más arena de maíz, y un cielo de color pollito recién nacido. En eso, de nuevo la voz británica me volvió a gritar con su peculiar acento.
− ¡De nada!... malagradecido. ¡Aquí abajo!, no te hagas el de los ojos ciegos que ya no traes tu harapo ese en la cara.
Dirigí mi mirada hacia mis sucios y viejos huaraches, y por un segundo creí que era ahora la locura era la que se instalaba en mí.
− ¿Un conejo con sombrero y mancuernillas?, eso no se ve todo los días.
−Naco ignorante, soy una liebre con bombín y mancuernillas, o sea, hay niveles plebeyo, ¿entendiste?
Avergonzado dirigí mi mirada hacia el otro lado. El señor liebre comenzó su marcha por el sendero y yo sin saber para donde dirigirme, le seguí.
−Lindos árboles ¿no?, en ninguna otra parte puedes encontrar estos colores, exclamo, muy orgullosa la liebre.
Mire a las orillas del camino, y sólo logré ver que de las ramas surgían hojas comunes y corrientes.
−¿Qué colores?, pregunté.
−Mirad bien campesino, poned atención y abre la puerta de tu subconsciente.
De pronto aquellos árboles empezaron a retorcerse como si tuvieran vida y sus hojas empezaron a pintarse de diferentes colores…
− ¡ Por las barbas de Zapata, ese pulque estaba sobre fermentado!, grite dando un peculiar y cómico salto terminándolo con un sentón. −¡Sus hojas se volvieron de muchos colores, ahora son de chile, mole y pozole!− volví a exclamar, rojas, rosas, verdes…
−Nuevamente demostráis vuestra ignorancia humilde peón, no son colores comunes y corrientes, como te dije anteriormente, son colores “sueño”. Interrumpió el señor liebre.
−¡A ver, ya dime dónde estoy de una vez!, chillé con un nudo en la garganta.
−Vos ya lo habías dicho, estamos rumbo hacia tu destino, qué no lo veis, estamos sobre maíz, con un cielo color pollito listo para mole, y en los árboles están los colores de vuestros sueños, ¿que no lo veis? Estamos en vuestra mente rumbo a tu destino, ¡Caramba estás como el Cubano!, ¡Ustedes los latinos deberían usar más el alma!.
¿Qué quiere decir señor liebre?, curiosee.
De pronto, una piñata cayó del cielo, quebrándose en pedacitos y salpicando con el jugo de aquellas frutas que traía como premio al señor libre
−¡ Quieres concentrarte, ve, me habéis salpicado todo inútil!
−¿Pero, yo qué he hecho?
−Pues divagas y te pones a recordad o ha soñar cosas yo qué sé, ponedme atención.
−¿Cómo sabes que he sido yo?, pregunte.
−Pues estamos en tu subconsciente, ¿Quién más iba a ser?, en fin continuemos que se hace tarde.
Sus palabras causaron escalofrió en mi columna, pero esa sensación fue rápidamente remplazada por un calor sobre acogedor que solo una madre y el tequila pueden dar.
Continuamos caminando cuando volví a preguntar
−¿por fin, quién es usted señor conejo?
−No soy quién, soy qué, respondió. Además ya lo sabes….

1 comentario:

  1. Jaja, "por las barbas de Zapata" jaja. Un poco confuso el subconsciente, pero me agrada, muy animado =)

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